Diario de viaje: una argentina en Mallorca

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Nombre: albertiyele
Ubicación: Palma de Mallorca, Illes Balears, Spain

07 enero 2016

Probando

A ver si todavía puedo. Hace tanto!!!!

06 diciembre 2013

El gomero


El famoso árbol de La Biela. Que no es un criollo ombú sino un exótico ficus elástica, o un gomero, bah. Precioso.

Aquí y allá y en todas partes

Buenos Aires tiene una cara amable, bella, seductora, irresistible. Y una cara miserable, casi monstruosa, que duele muchísimo ver. Pero también la bellísima Pollença, por ejemplo. Y creo que por eso, porque en el verano español le vi la punta de las orejas a la cara horrible de la querida Pollença, preferí callarme tanto tiempo. Algún día contaré.

Para Luciano, Buenos Aires



Hay una ciudad civilizada, turística, paseante, relajada y vigilada. De alguna forma es la ciudad de mi infancia, cuando papá nos señalaba desde el auto las carteleras de los cines o las luces de las publicidades alrededor del obelisco, o cuando abuelo Pedro me llevaba en el 98 tomar el té a la Avenida de Mayo, de traje y sobretodo, él; de pollera tableada, tapado, guantes y sombrero tirolés, yo. (Pero tampoco es idéntica. Un jubilado cualquiera, como era mi abuelo, podía subirse a un colectivo con su nieta en un suburbio y pasear tranquilamente con ella por la ciudad. Un señor más o menos rico, como era mi padre, podía circular en Cadillac con las ventanillas abiertas con sus hijas, que no tenían ni idea de cómo se trababan las puertas. Había pobres y ricos, sí, aunque creo que menos pobres y menos ricos. Y había una cierta idea de decencia que los comprometía a todos. La ciudad apoyada en una enorme y mullida clase media cuyo primer objetivo en la vida era educar a los hijos, educar a los hijos, educar a los hijos).

Con quién y dónde fue mi niñez

05 agosto 2013

Pollença en verano



El año pasado se organizó en Pollença una especie de curso o ciclo de conferencias sobre novela negra. Asistieron algunos escritores de renombre, otros muy buenos, y algunos, pocos, raros, que entraban en ambas categorías.

Todo eso en el marco del Festival de música de Pollença, que tiene ya muchos años, y animado (nunca mejor dicho) por el entusiasmo inagotable del editor Malcolm Barral (que es muy joven y parece muy activo y bastante más interesante que muchos de los escritores a los que convoca).

La cuestión es que el año pasado fue la excusa perfecta para que yo me diera el gusto de hospedarme unos breves días en un hotel modesto pero al lado del mar, en el Port.

Este año el tema del ciclo es Literatura y guerra (Literatura i guerra, que lo organiza la Universidad Balear, y no es lo mismo).

No me hospedo este año en ningún lado, pero asisto al curso, que empezó hoy.

La presentación estuvo a cargo de un hombre y una mujer de los que lo ignoro todo, hasta el nombre. Como muchas otras veces en la isla, se sobreentiende que todo el mundo sabe quién es quién,y por lo tanto la gente no necesita ser presentada. Y el que no sabe (por ejemplo yo), no tiene en realidad nada que hacer allí, así que para qué ponerle las cosas fáciles.

Ambos hablan catalán; él además en un catalán cerrado que a duras penas entiendo. Pero yo, por supuesto, no tengo la más mínima importancia. Me la aguanto. Y si el año que viene no me la aguanto y decido no pagar y no venir, nadie me va a extrañar. No sólo no hago falta sino que sobro. Barco y rejilla, ya lo tengo claro.

Los escritores en cambio sí hablaron en castellano. Y es natural: Antonio Soler es malagueño y Juan Gabriel Vásquez colombiano. Y me imagino que querrán vivir de lo que escriben además. Nadie les pagará un sueldo público que les permita darse ciertos lujos (supongo).

En el salón de actos del Club de Pollença, un bello edificio en la Plaza Mayor y por lo que vi en una placa donado por un indiano, hacía un calor como de horno.

Así que terminada la mañana y mientras hago tiempo para volver a la tarde, me vine a la playa, a refrescarme el cuerpo y las ideas. Que ando últimamente calentita calentita.

02 agosto 2013

Sitios mágicos


Casi en una punta de la bahía de Alcudia, en la cara de la isla que mira a Menorca (¿eso es el Noreste? Creo que sí, pero lo tengo que confirmar en un mapa), hay un pueblo de playa con un puerto muy chico que conserva todavía muchas casas de vacaciones de las viejas familias mallorquinas de los pueblos, sobre todo de Petra y de Santa Margalida. Desprovisto de hoteles, de grandes paseos marítimos cubiertos de asfalto y de palmeras de aire caribeño; desprovisto de chiringuitos multitudinarios con carteles de paellas amarillo furioso y de jarras de sangría como para que beba un ejército sediento, y de tiendas de venta de baldes para la arena, pareos floreados, colchonetas inflables y frascos de bronceador; desprovisto de edificios de departamentos de un ambiente donde veranean catorce, Son Serra de Marina ha logrado conservar de manera casi milagrosa un aire de vacaciones relajadas que ya es muy difícil de encontrar en Mallorca. Al final del breve pueblo, en el otro extremo del puertito, hay dos bares que agrupan a quienes van a la playa sin víveres. En uno de ellos, que además está abierto todo el año, se puede comer muy bien por precios muy razonables, y atendido por chicos y chicas jóvenes que siempre están de buen humor, hablan en el idioma que haga falta y se esfuerzan por ver a todo el mundo cómodo y contento. ¿Eso no es casi mágico? A ver si puedo poner el enlace:
www.sunshine-bar.net
Vamos muchas veces, en verano y también en invierno, cuando las tardes son grises y el mar se embravece contra las dunas de la playa desierta. Siempre es un placer. Este verano además pasé allí dos breves días, invitada por una buena amiga.
Ojalá quedaran muchas playas como esta. Y ojalá esta nos dure. Que nunca se sabe.

19 julio 2013

Qué leo






Trilogía de la ocupación, de Patrick Modiano. Tres novelas breves e iniciales del autor. Lo de iniciales es en este caso particularmente apropiado de señalar, creo, porque son el fundamento en el que se apoyará toda la obra posterior del autor. Lo que está ahí aunque no se vea, y de alguna forma determina o hace posible (o imposible) todo lo que vendrá. Entré a Modiano por una novela también muy breve, y mucho más reciente, Dora Bruder, de la que creo que hablé aquí (si no: se las recomiendo fervorosamente; fue la mejor lectura en mucho tiempo, y un feliz descubrimiento de lectora).

Esta trilogía es bastante más ardua de leer. Es un clima que mezcla la traición, la frivolidad más peligrosa, la mentalidad más rastrera y egocéntica, pero también el absurdo, el azar, de alguna forma la buena o mala fortuna. Y es inquietante, perturbador, porque además de iluminar los rincones oscuros de un tiempo y un lugar (París, la ocupación y la primera postguerra), nos obliga a pensar en cuánto de lo que hacemos está determinado por la más feroz de las maldades, pero también en muchos casos, muchas más veces de lo que somos capaces de admitir, por la mentalidad de una época, por la corriente en la que nos dejamos arrastrar naturalmente, como si todo aquello (la vida, finalmente) no tuviera nada que ver con nosotros, ni nuestras decisiones ni nuestra voluntad. El famoso "es lo que hay" con el que solemos justificarlo todo.

El prólogo de la edición que leo es del escritor mallorquín José Carlos Llop, que viene a decir, sobre todo, que él lo leyó primero, y hace ya mucho tiempo, tanto tanto que ya le ha quedado un recuerdo que tendría que confirmar.

17 julio 2013

En gratitud a Marilé





El inicio del verano fue también una visita inesperada y festiva. Mientras terminábamos la cena y charlábamos de una cosa y otra en el teléfono apareció la voz dulce y cantarina de mi querida Marilé. Había llegado esa misma noche a Palma y me llamó desde el hotel. Es cierto que nos habíamos visto hacía poco; apenas en abril, en una tardecita todavía tibia de Buenos Aires, nos abrazamos y lloramos una en el hombro de la otra sin que hiciera falta que dijéramos ninguna de las dos ni una palabra; las dos sabíamos las ausencias que nos anudaban la garganta.

Pero ahora Marilé estaba en Palma, y a mí la sonrisa no se me iba de la cara. Con nuestros amigos de infancia, con quienes hemos compartido la inocencia de los juegos, el descubrimiento abrumador de la vida, la aventura deslumbrante de los primeros conocimientos, nos une para siempre algo así como una fraternidad indestructible. Marilé no necesita que le explique quién soy, ni mis motivos ni mis argumentos; Marilé no me juzga ni me condena ni me perdona. Marilé sabe.

A propósito de su visita, de esos breves días de fiesta de inicios del verano que pudimos pasar juntas, he pensado muchas cosas que de alguna forma ya sabía pero no había organizado todavía (es probable que no lo haya organizado del todo todavía). Uno de los "problemas" (no es esta exactamente la palabra) de la emigración es el de la identidad. Pero no la identidad nacional, el ser de un país u otro, sino la más íntima de las identidades. Quién es uno. Uno es lo que recuerda, sí; lo que puede narrar como su historia, la propia y aquella más amplia de la que le tocó ser testigo, y que de alguna forma se fue enredando con la suya. Pero uno es también lo que los demás ven en uno, dicen de uno, piensan de uno, saben de uno: la madre de Fulanito, la hija de Menganita, la hermana de Cual, la vecina de tal pìso, la dueña de tal coche, la profesora de mi hijo el menor, la empleada que me atiende en la verdulería, la chica que ayuda a mi amiga en la casa, la médica que atendió a papá cuando lo de la garganta, la arquitecta que arregló la casa de los Juan Pérez, mi compañera de banco en segundo grado, el cura que bautizó al mayor, la peluquera de la peluquería de la esquina.

Uno es también esas referencias, y sabe quién es el que tiene enfrente por esas referencias, a veces mínimas. Y hay un período de la emigración (a veces insoportablemente largo) en el que uno no es nada para nadie. Uno es un florero de vidrio transparente y vacío, lleno de nada. Pasado ese tiempo inicial, todo son explicaciones, justificaciones, palabras. Atrás de ese relato no hay nada en común con la gente que vamos conociendo (si es que vamos conociendo). Uno es un gentilicio (un inglés, un moro, un peruano, un ruso, un argentino) que vive ahí. Y nada más.

Marilé sabe quién soy; y es el alivio de no tener que dar ninguna explicación, de no tener que recurrir a ninguna palabra. El abrazo es el abrazo, la risa es la risa y el llanto es el llanto.

Gracias Marilé. Mil veces gracias.


(En la primera foto, que me trajo en su maleta, estamos en la mesa de clase, en primer grado; ni ella ni yo recordamos los nombres de las otras dos nenas, por lo que deducimos que no siguieron en el colegio mucho tiempo. Teníamos 5 y 6 años. Era algún mes entre marzo y diciembre de 1960.
En la segunda estamos en la playa de Es Trenc. Era julio de 2013. Ha pasado muuuuuuucho tiempo. Mejor ni calcular.)

11 julio 2013

Preverano o antes de San Juan




Antes de que a estas islas llegara el calor ardiente del verano furioso tuvimos visitas. Unas esperadas y planeadas, y otras sorprendentes.

Las planeadas largamente , disfrutadas desde esos planes como se disfruta la promesa de un pote de dulce de leche desde que se sabe que allí estará, esperando al final del viaje, son las de las foto. Mi hermana, miúnicahermana, y Bocha, su marido, miúnicocuñado. Paseamos, charlamos, comimos, chusmeamos, y como siempre el tiempo se nos quedó corto. En fin. Habrá otros viajes, de ida y vuelta. Disfrutemos por ahora de lo que tenemos, y que nos dure.

En la primera foto, el Bibi y Cris en Cap Rocat, el restaurante pegado al mar en el que cenamos la última noche de la visita. Y en la segunda si no recuerdo mal, estamos en Sant Elm, donde Cristina y yo estuvimos, niñas, con mamá y papá. Ella no se acuerda. Yo sí. Y curiosamente mamá, que no se acuerda de que papá está muerto, también. Misterios de las conexiones cerebrales, supongo.