Diario de viaje: una argentina en Mallorca

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Nombre: albertiyele
Ubicación: Palma de Mallorca, Illes Balears, Spain

05 noviembre 2017

Domingos en el paraíso

¿Qué sustancia pegajosa, densa, imborrable, nos cubre y nos envuelve, como una nube tóxica, la tarde de los domingos?

Esa pregunta tantas veces repetida me hace pensar y pensar. Creo que algo posible es que sea la contracara de esa euforia, de esa especie de burbujeo sin motivo, de los viernes a la tarde o los sábados a la mañana. Quizás en algún lugar oscuro y profundo creamos que ese fin de semana, ese por fin, va a pasar algo que nos devuelva a la vida de luces y colores que deseamos, que todos deseamos. Y el final del domingo es la certeza de que todo sigue igual. La vida encarrilada, embretada como siempre, encerrada en el mismo pasillo angosto que nos hemos ido construyendo ladrillo por ladrillo.

Ni en el paraíso nos salvamos de la gota amarga de los domingos a la tarde. Ay.

El valle de los naranjos

De todos los paisajes de Mallorca creo que el que más encaja en la idea que tenemos de Mediterráneo es el del valle de Sóller. Desde Palma, se puede llegar en unos veinte o treinta minutos cruzando las sierras por el túnel (5,10€ de ida, 5,10€ de vuelta, es caro); o subiendo por un lado y bajando por el otro, por una carretera bien mantenida pero de abismos y curvas de vértigo. Por donde se vaya, hay un momento en que el valle entero se nos presenta como en un escenario allá abajo y es de esos lugares que dejan siempre casi sin aliento.

Casas de piedra, naranjos, limoneros, olivos, almendros, las agujas sueltas de dos o tres cipreses por acá o por allá, las cúpulas de las iglesias, las torres de los campanarios, el fucsia furioso de algunas buganvillas trepando por los muros, toda una declaración de mediterraneidad hecha de naturaleza y sabia intervención humana.

Ayer no entré al pueblo (que es precioso y merece él solo muchas palabras y muchas fotos); seguí hasta el puerto, caminé con Manolito por la playa; escuché, como hago siempre, jugosos fragmentos de conversaciones ajenas (en inglés, en catalán, sobre todo en francés, que es casi la lengua oficial de los turistas que visitan Sóller),  me tomé un café con una porción de tarta de ciruelas; vi atardecer en ese puerto como una adivinanza, al que hay que descubrirle la bocana entre dos faros; saqué fotos hasta que se hizo ya de noche, y me volví para casa.

Acababa de ver una puesta de sol luminosa en el Port de Sóller, de ver las mesas de las terrazas ya dispuestas para la cena bajo la luna y las estrellas, con las estufas otoñalmente encendidas. Y apenas salí del otro lado del túnel, tres kilómetros que siempre me inquietan un poco, el cielo de Palma era un escándalo de truenos, rayos, relámpagos, como una función de fuegos artificiales a lo grande. Manolito levantó las orejas, dejó de lamerme la mano apoyada en la palanca de cambios, se hizo un ovillo compacto y algo trémulo en su asiento, y cerró los ojos. Diez minutos después estábamos los dos en casa, ya seguros, y empezaban a caer las primeras gotas. Era noche cerrads. Sóller y su crepúsculo de cielo azul habían quedado del otro lado de las montañas, como en otro mundo más pacífico, ajeno a las tormentas.








03 noviembre 2017

La misma




Me sacan una foto de perfil en el atardecer de Palma, y a mí me recuerda a otra, que busco y, como un milagro, encuentro.

Es otro atardecer de hace casi cuarenta años en Fiesole, un pueblito arriba de Florencia al que nunca volví.  Recuerdo esa tarde de enero con todos los sentidos: el olor agudo de los pinos, las campanas de la iglesia mezclándose con las risas de unos chiquitos que salían de la escuela, el frío que me secaba los labios y las manos. Y una cierta plenitud, esa sensación  poco frecuente de lucidez, de intuición de todo, de tiempo detenido. Y click, la foto.

Ahora es otro el paisaje, el lugar, el tiempo; otra, muy distinta, mi vida, que entonces era nueva, tan de todo por estrenar. Pero miro una foto y otra y resulta que yo soy la misma. Un ovillo de miedo y protección en que me encierro; las palabras, que lo llenan todo y que siempre me faltan; la curiosidad  y la pasión por lo que pasa alrededor, por el tiempo en el que vivo; la literatura, que me acompañaba y me refugiaba y lo sigue haciendo. La sensación de que mi vida tenía que ser otra, que en algún lugar yo me olvidé mi vida y tengo que ir a buscarla.


31 octubre 2017

El Forn Fondo. Dulces otoños de Palma








Hay en Palma algunas pastelerías antiguas donde parece que el tiempo pudiera volver atrás. Son pocas, cada vez menos, y hay que disfrutarlas mientras duren. En una de ellas suelo sentarme, pedirme un café y un cremadillo de crema (que es mi pastelera), y pensar, mientras saboreo y mastico, en los prodigios de la memoria del paladar. Como además tiene sólo dos mesitas, y hasta hace poco ni eso, y todo el local está inundado de la dulce atmósfera de las masas y las cremas, es como meterse en un pequeño paraíso que ha conseguido conservar lo mejor del pasado. Ensaimadas, cuartos embatunats, robiols de crema, cremadillos, cocas de albaricoques. Una gloria.

29 octubre 2017

El mar de Ulises en Santany

"El mar. El joven mar. El mar de Ulises
Y el de aquel otro Ulises que la gente
Del Islam apodó famosamente
Es-Sindibad del Mar..."

Jorge Luis Borges en El oro de los tigres

Aunque parezca otro, más civilizado y más real, este que tengo enfrente es el mar de Ulises, por el que navega empecinado, buscando desesperadamente volver a Ítaca, a su casa. Debajo de estas capas de civilización, de urbanidad, de buenas maneras, todos somos alguna forma de Odiseo atándonos al mástil para volver a esa casa donde creemos, ay, que alguien nos espera. Y por volver lo dejaremos todo,  mataremos al monstruo y seremos Nadie.

Hoy pasamos el día en Cala Figuera, Santany, la costa que mira al sureste de la isla, al África, a Cerdeña, probablemente al pasado, a Ulises. Y así atardeció, una hora antes que ayer, sobre la brumosa y desdichada isla de Cabrera, que nos recuerda que no a todos los hombres les toca la suerte de Ulises; que, al contrario, a muchos de ellos les será dado no encontrar nunca su casa, no volver jamás a Ítaca.






28 octubre 2017

Visitas fugaces

Este fin de semana vinieron a Palma Cecilia y Mariano con su bebé, Tomás. Los conocimos recién llegados, con toda la vida por estrenar, llenos de proyectos que han ido concretando con mucho esfuerzo y mucha voluntad. Les han pasado muchas cosas buenas, pero todas se las han ganado.

Hace ya unos años se instalaron en Barcelona, y hacía mucho que no volvían a esta ciudad donde fueron una pareja enamorada que recién empezaba su camino. Ahora, por primera vez desde que empezaron su vida en España, tienen encima la sombra de la preocupación por algo que no depende de ellos. Confiemos en que todo irá bien. Para ellos y para tanta gente que se ve envuelta en esta especie de tembladeral un poco absurdo, que casi no terminamos de entender ni de creer.

Hoy caminamos bajo el sol tibio del otoño por el Paseo Mallorca, y llegamos hasta Es Baluart, que tiene una de las terrazas más lindas de Palma, y que para mí ya está bastante poblada de recuerdos. Ahí estamos, fotografiados con la Seu de fondo.



24 octubre 2017

El gran hotel de Palma



En la Plaza Weyler (que otro día les contaré a quién rinde memoria, quién fue el tal Weyler) de Palma, en la calle que une las Ramblas con el Born, casi enfrente de la Plaza del Mercat y del precioso Teatre Principal, está Caixa Forum.

Es un centro cultural, sala de exposiciones, librería, cafetería, todo eso junto, que funciona allí desde su reinauguración en 1993, hace ya casi veinte años.

 Lo mejor de Caixa Forum es la colección completísima de Anglada Camarasa (que la Caixa le compró a su hija a finales de los 80 y que se había conservado hasta entonces en su casa del Puerto de Pollença, donde el pintor vivió durante muchísimos años y hasta su muerte) y, por supuesto, el edificio.

Curiosamente, ambas cosas, Anglada y ese edificio que es la joya del Modernismo de Palma, están muy relacionados con el Río de la Plata.

En 1901 el indiano Juan Palmer Miralles, enriquecido en el Uruguay, asociado con Ferran Truyols, le encargó al arquitecto catalán Lluís Domènech i Montaner (el mismo del Palau de la Música y el Hospital Sant Pau de Barcelona) el proyecto de un hotel de lujo para la ciudad de Palma. La obra dio mucho más trabajo del esperado. Los terrenos, que estaban ya comprados, formaban parte del antiguo cauce de la Riera, que hasta el siglo XVII bajaba hacia el mar atravesando la ciudad, casi partiéndola en dos, por lo que ahora son las Ramblas, la calle Unión, el Born. Desde entonces todo lo que se fue construyendo en lo que eran sus márgenes se enfrentó a la misma dificultad: el  cauce fangoso del río sigue allí, empecinado.

Pero por fin en 1903 de acabaron las obras y se inauguró el Gran Hotel, que fue el orgullo de la isla, el primer hotel de lujo de España (hasta que pocos años después, en 1910, después abriera sus puertas el Ritz de Madrid, que merece otra entrada).  Tenía capacidad para hospedar a 150 huéspedes, (aunque sólo diez de sus habitaciones tenían baño completo, ahora el dato parece increíble); generaba su propia electricidad, tenía ascensor, restaurante y hasta calefacción. Un lujo que sería sorprendente a comienzos del que sería explosivo siglo XX, y que pretendía atraer al público europeo que ya empezaba a visitar la isla. Y lo consiguió durante bastante tiempo.

Después empezaron las catástrofes; primero la Guerra Civil, inmediatamente seguida de la Segunda Guerra, terminaron con la ruina del hotel, que por fin cerró sus puertas en 1941. De esos cuarenta años hay infinitas anécdotas, que les contaré otra vez.

 Dos años después, en 1943,  el Estado compró el edificio y acometió una reforma calamitosa que ocultó lo mejor del Modernismo de Lluís Domènech, y que sin embargo quizás debamos agradecer. Allí funcionó durante casi cincuenta años el Instituto Nacional de Previsión, y es probable que si no hubiera sido así el edificio hubiera terminado demolido, como tantos otros.

Por fin en 1991, exactamente a cien años  de que todo comenzara,  lo compró la Caixa, y dos años después lo reinauguró, ya restaurado a su forma original.  Mucha gente se queda mirándolo, deslumbrante, mientras pasea por Palma. No sé si muchos saben su historia, que acompañó la historia del siglo XX. En el fondo nadie, nadie, se salva del tiempo que le toca, en suerte o por desgracia.

22 octubre 2017

Otoño en la plaza de Manolito

Paseo a Manolito por la plaza en la que he visto durante más de doce años el discurrir de las estaciones, que es como decir el discurrir de la vida. Cuando era cachorro jugaba allí con un perrito idéntico a él pero ya adulto, que se llamaba Pic. Lo encontrábamos siempre a la mañana temprano, cuando volvíamos, Manolito y yo, de dejar a los chicos en la escuela. Ha pasado mucho tiempo. Hoy pensé en Pic, que era precioso y corría suelto por la plaza. Quizás haya muerto. Los chicos son ya adultos, que organizan sus vidas sin mí, que trabajan, estudian, que ya han pasado por la experiencia de vivir lejos de casa. Sólo nos queda Ramiro, y no sé por cuánto tiempo.

En Palma este fin de semana ha empezado de verdad el otoño. La plaza de Manolito nunca miente. En primavera es un escándalo de flores; y un domingo de otoño es exactamente como estaba hoy. Y aunque parezca una estación serena, inmóvil, el otoño tiene mucho de preparación para el gran cambio que viene; no descansamos nunca. Y casi mejor, no? Ya tendremos tiempo de descansar y librarnos



de toda inquietud. Mientras tanto, aunque haya llegado el otoño, hay que vivir. Aunque a veces nos agobie, hay que vivir.