Diario de viaje: una argentina en Mallorca

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Nombre: albertiyele
Ubicación: Palma de Mallorca, Illes Balears, Spain

04 abril 2018

Los dos juntos.

Esta foto publicó mi Perico en homenaje a su abuela, y a mí me encantó. 


Sé que es sólo una forma de defenderme del dolor de la orfandad, que muerde, feroz, a cualquier edad. Pero el sábado a la noche, sola en esta casa (tan lejos, tan lejos de casa), preferí pensar que papá había venido por fin a buscarla. Donde quiera que estén, si están juntos, sé que estarán bien y que no necesitarán a nadie más. Y nos estarán cuidando a todos.

27 marzo 2018

Al gran pueblo argentino, salud.

 El edificio del Ministerio de Agricultura, y el arbolado de Paseo  Colón (el Bajo)

 El Canto al Trabajo de Rogelio Yrurtia, frente a la Facultad de Ingeniería.


No hace falta ni decirlo: el obelisco, en la esquina de 9 de julio y Corrientes.


 La escultura en homenaje a Ramón Falcón, el jefe de policía de la ciudad, y su secretario Juan Alberto Lartigau, asesinados en un atentado anarquista en 1909.  En Junín entre Quintana y Alvear, enfrente del Pilar. 


 Los bosques de Palermo, oficialmente "Parque 3 de febrero" en conmemoración  (vengativa conmemoración) de la batalla de Caseros que expulsó a Rosas del gobierno.

 El monumento de los españoles, en la intersección de Libertador y Sarmiento. 


 El teatro Colón, donde tocó el sábado 10 de marzo la Filarmónica de Viena. 


El "Homenaje de la Colonia Francesa  a la Nación Argentina", en Plaza Francia, frente al Museo Nacional de Bellas Artes. Fue (como el Monumento  de los españoles o la Torre de los ingleses) un homenaje de Francia a la República Argentina en el primer centenario de la Revolución  de Mayo.


 El Parque Lezama.


La  librería El Ateneo  de Santa Fe entre Callao y Riobamba. 







 Un restaurante con anticuario muy cerca del Museo Histórico Nacional, y enfrente de la casa de mi Agus.

 El Patio Bullrich, un centro comercial hecho sobre la antigua casa de remates de ganado.




 El gomero de la esquina de La Biela  (que es el más famoso, pero hay muchísimos ejemplares igual de espectaculares por toda la ciudad)


Plaza Francia y la iglesia del Pilar al fondo.

 Monumento a Sarmiento de Rodin, en los bosques de Palermo.


Clase de tango en el Pabellón de las  Barrancas de Belgrano (en ese Pabellón transcurre una escena de El Eternauta)

Buenos Aires sigue siendo una ciudad magnífica, poblada de teatros, de edificios públicos y privados maravillosos, de parques diseñados con cabeza y con enorme sensibilidad estética, con calles y avenidas que ofrecen perspectivas espléndidas.

Y una ciudad viva, con pulso y aliento. En las librerías, siempre llenas de gente activa, que revuelve y hojea libros, hay cursos, charlas, debates, y todos están llenos. La oferta teatral es tan descomunal que uno se marea en las páginas y páginas del diario que la anuncian.

Pero la sensación más fuerte es que son los ciudadanos comunes los que sostienen e impulsan todo. ("El gran pueblo argentino" del que habla el himno nacional, que merece todos los honores)  Y que para hacerlo tienen que emprender cada mañana una verdadera lucha por la supervivencia, como si en lugar de la ciudad culta y refinada que es, fuera la jungla. Un transporte público claramente insuficiente y mal organizado  (en la vida vi colas más descomunales; en algunas zonas de pleno centro de la ciudad ni siquiera entendía para qué podían ser esas colas de hasta cien metros; una cosa increíble); un tránsito caótico, del todo imprevisible, que puede dejarte varado y encerrado en un laberinto de coches y camiones y colectivos por calles que ni conocés ni son las que te llevan a donde querés ir en cualquier momento de cualquier día  (por "obras": medio Buenos Aires  está en obras. Acceder, por ejemplo, a Puerto Madero o a la Costanera Sur me resultó imposible. Materialmente imposible. Por "piquetes": multitudes de personas protestando por cualquier cosa que ya tienen incorporado que cortar cualquier parte de la ciudad es su derecho, y pueden hacerlo cuando quieren y donde quieren, sin que nadie haga nada por impedirlo).

Hubo una mañana en que tardé más de una hora y media en llegar de Recoleta a San Telmo  (serán 5 kilómetros? Creo que ni eso. Hubiera tardado menos incluso caminando); y una tarde en que tardé 3 (tres) horas en llegar desde el obelisco hasta Ezeiza.

Así es muy difícil vivir. Y la gente tiene una paciencia y una resignación que no se pueden creer. Al gran pueblo argentino, que sigue aguantando y se sigue levantando todos los días para hacer un país, salud!

26 marzo 2018

Mientras sigo pensando en Buenos Aires






Mientras yo sigo pensando en el dulce final del verano porteño, así como ven en las fotos está empezando la primavera en mi islita.

Tendré que mirar hacia adelante, hacia esta bendición de los días largos y las flores amarillas que aparecen silvestres y lo cubren todo. Y para atrás, sólo para aprender. Que  no se termina nunca.

Hoy me animé a subirme otra vez a la bici, y pasear silbando bajito por esta ciudad tan íntima, tan mía también  como la otra, la de allá abajo. Muerta de miedo, pero me animé. Es más de lo que pude hacer durante muchísimos años. Y es más de lo que pueden hacer muchos adultos que van por la vida sacando pecho y jugando a ser valientes. Así que no está mal. No está tan mal.

25 marzo 2018

Encuentros










Buenos Aires es encuentro con amigos y familia; es casas queridas llenas de luz y de chicos jugando; son olores y charlas y risas y llantos hasta la madrugada. Es muchas contradicciones y muchas palabras y mucho debate y mucho de todo. Una ciudad amable y áspera; grandiosa y miserable. Viva. Buenos Aires no es un decorado. Es, con palabras de María Rosa Lida, una ciudad de "calles de gran llanura y mayor cielo".


22 marzo 2018

Estoy (ahora ya "estaba") en Buenos Aires

Y como estoy en Buenos Aires, disfruto y padezco lo mismo que el resto de los porteños. Lo bueno es muchísimo. Es una ciudad viva, de gente abierta y generalmente muy cordial, con avenidas anchísimas y arboladas, con casas como palacios que albergan obras de arte maravillosas; con una oferta cultural difícil de encontrar en muchos lugares incluso del mundo más civilizado; con una cartelera de cines y sobre todo de teatro abrumadora (tan abrumadora que el único problema termina siendo no saber con cuál quedarse); con parques diseñados como verdaderos paraísos, de árboles centenarios (hace cien años plantábamos; la política era plantar árboles  y poblar, educar e integrar inmigrantes ("para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino", ¿se acuerdan? ¿Se acuerda alguien? Ahora la política parece ser arrancar lo plantado para reemplazarlo por carriles para colectivos; y discutir si los inmigrantes pueden recibir atención médica y educación de calidad para sus hijos. Es que antes los inmigrantes éramos "nosotros", y ahora son "ellos") y esculturas bellísimas escondidas en todos los rincones.

Hay barrios tradicionales, de construcciones nobles, y veredas anchísimas y limpias; tiendas glamorosas (estoy pensando en las vidrieras de una joyería cuyo lujo no recuerdo haber visto ni en París) y paseantes de apariencia refinada  que podrían ser los de cualquier barrio rico de cualquier ciudad del mundo rico. Y barrios de diseño, de vanguardia, poblados de librerías maravillosas y gente muy joven que siempre charla y discute y de ríe y lee alrededor de una mesa, llenos de bares y restaurantes y unas heladerías que me hacen suspirar.

Pero también hay una ciudad degradada, estropeada por el descuido y la desidia, por la falta absoluta del más mínimo control y el incumplimiento minucioso de todas las normas. Una en la que cada uno ha hecho lo que ha querido como ha querido y el Estado está, estuvo desde hace ya demasiados años, ausente. Y nos hemos acostumbrado a vivir sin él. Sin su apoyo y también sin su control. Ni para lo bueno ni para lo malo: los argentinos sabemos que simplemente no contamos con el Estado. Que tenemos que arreglarnos como podamos. Ya nos lo explicó Borges hace muchos años en uno de los ensayos de Otras inquisiciones: "Nuestro pobre individualismo":

"El argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica  con el Estado. Ello puede atribuirse a la circunstancia de que, en este país, los gobiernos suelen ser pésimos o al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino  es un individuo, no un ciudadano... Los films elaborados  en Hollywood repetidamente  proponen a la admiración  el caso  de un hombre  que busca la amistad de un criminal para entregarlo después a la policía; el argentino, para quien la amistad es una pasión  y la política una maffia, siente que ese "héroe" es un incomprensible canalla... Profundamente lo confirma una noche de la literatura argentina: esa desesperada noche en la que un sargento  de la policía  rural gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra sus soldados, junto al desertor Martín Fierro..."

El texto podría haber sido escrito hoy mismo, pero ocurre que Borges lo escribió en 1952. Antes incluso de que yo naciera.

02 marzo 2018

Casi todo lo demás












Pasear por Buenos Aires, mirar fotos viejas en la casa de mamá, charlar con todo el mundo, sentarme en los cafés porteños, comer alfajores y dulce de leche y galletitas Express. Ver la ciudad preciosa (y hasta la otra, la que no es preciosa pero también es mía).

Pero hay dos cosas que me liman el alma, que me devastan sin que pueda hacer nada para evitarlo. Ver a mamá, lo que queda de mamá; y venir a mi casa.

Esta noche duermo aquí, sola. Quisiera poder desaparecer, deshacerme en el aire, que no quede nada de mí. Ni acá ni allá ni en ningún lado.

El único consuelo son los libros. Y así fue desde la infancia. Y no quiero más. No quiero más estar sola en otro mundo con los libros. Quiero estar en este mundo. Y si no, en ninguno. Pero estaré; no sé cómo lo haré, pero estaré.

27 febrero 2018

Hay algo en el aire, acá y allá.


 Desde las ventanas de la casa de mamá.


 El Río de la Plata, un estuario marrón que nos da límite.


 La casa de mis padres. Mi casa.


 Havanna en Ezeiza: estoy en Buenos Aires.


La casa de mi hermana, que es mi primer lazo con la ciudad. 


Algo hay en mi modo de extender la mano, en mi manera de moverme o de mirar, que hace que la chica que me recibe el pasaporte español en Migraciones cuando llego a Buenos Aires se sonría de costado cuando ve las tapas moradas del documento que dice que soy española.

¿Española?, me dice. Yo también sonrío cuando le digo "sí". Me hace poner el dedo, poner la cara para acá o para allá, me devuelve el pasaporte. "Bienvenida a tu tierra", me saluda antes de que termine de irme de la ventanilla.

Y yo respiro, busco las valijas en la cinta, las cargo como puedo en el carrito, con el brazo izquierdo todavía ligeramente dolorido; hago la cola del control de Aduanas (somos un puerto, un puerto, un puerto), y salgo a mi tierra. Hablan como yo, se mueven como yo. En el término de doce horas he dejado de ser una extranjera.

Pero cuando vuelva me pasará lo mismo. Cuando desde el avión divise esa especie de rompecabezas de sembrados y pueblitos y tierra parda de España también sentiré que he llegado a casa, como cuando veo allá abajo el estupor marrón del Río de la Plata y la extensión interminable de cuadriculado perfecto de Buenos Aires.

Ya tengo amigos queridos de los dos lados, lazos que me unen a los dos lados. Quizás ya no sea extranjera ni acá ni allá. Quizás ya me hayan adoptado acá y allá. Me costó mucho.

17 febrero 2018

El Molinar





Nadie se acuerda, pero los últimos muertos de ETA, y las últimas bombas, fueron en esta isla. Este bar, el Enco, fue uno de los que quedó severamente dañado; como en otros tres, habían puesto las bombas en el baño de mujeres. No hay ni un acusado, ni un detenido. Todo olvidado.



El puerto de Es Portitxol, que marca el inicio del viejo barrio de El Molinar.







Al amanecer, y tomada por Miguel Ángel en esos paseos de horas indecentes que le gustaban tanto.


No siempre hay sol y cielo azul y mar sereno. También tenemos esto.



El barrio del Molinar y sus dos pequeños puertos son probablemente lo más caro de Palma. Pero conviven en él, todavía, familias que han vivido allí siempre, casi siempre matrimonios mayores que ya viven solos, y extranjeros ricos que van comprando y reciclando lo que se va vendiendo. No siempre fue así. Y además hasta hace muy poco no fue así.

A los vendedores de las inmobiliarias les gusta decir que era un barrio de pescadores, pero no parece ser esa la verdad. Vivía allí simplemente el que no podía vivir en otro lado. Hasta que hicieron el paseo sobre el mar, en los días de tempestades invernales el mar se les metía en las casas, no tenían casi ningún servicio público. La comprobación es sencilla: todas las casas de la primera línea conservan un pequeño muro de defensa, y una especie de patiecito delantero que llenaban con bolsas de arena tratando de evitar la catástrofe. Era un barrio obrero, de gente que trabajaba en las antiguas fábricas de gas y de electricidad. Pescadores de oficio, que vivieran de eso, había pocos. Y fue pensando en ellos que se hizo, en 1928, el puerto de Es Portitxol. Unos diez años antes, en 1917, se construyó el de El Molinar o Puerto de Levante, el primero para barcos de recreo de toda la isla.

Molinos de harina (más de treinta llegó a haber; el barrio les debe el nombre, y quedan sólo dos, sin aspas, casi anecdóticos, decorativos), campos productivos (y algo todavía queda, hasta con vacas), fábricas, y gente pobre, muy pobre. Hacia 1936 el barrio estaba considerado como un reducto comunista, y hay una historia triste y famosa de cuatro chicas muy jóvenes fusiladas: "las rojas del Molinar".

http://www.diariodemallorca.es/palma/2017/01/05/historia-viva-rojas-molinar/1178595.html
De todo aquello queda muy poco. Apenas rastros en la memoria de los mayores, que recuerdan todavía que vivir en El Molinar era hasta vergonzante. Las cosas cambian. Deberíamos tenerlo más presente. Nada es eterno.

La fila de molinos sobre la costa.


El barrio a comienzos del siglo XX.